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PERICLES
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Pericles (h.495-429) nos es conocido sobre todo por las alusiones de Tucídides (cuarenta años más joven y admirador suyo),
que lo historió en tanto que hombre de Estado, y por la biografía de Plutarco, escrita medio milenio después para proponerlo
como ejemplo de hombre inteligente, virtuoso, capaz y magnánimo.
Hijo de Jantipo, de familia antigua y de la "generación de Maratón", y de la Alcmeónida Agariste. Jantipo, político activo cuando ya regían
las normas clisténicas y de tendencias democráticas, fue ostracizado (484) y amnistiado durante la guerra contra Jerjes, en la que mandó
las fuerzas que triunfaron en Mícale (479), deshaciendo la flota persa mientras estaba varada. Murió al poco.
Su hijo heredó sus inclinaciones y un patrimonio saneado, aunque no ingente, con propiedades en Colargo, al N. de Atenas.
Como Alcmeónida, gozó del carisma y el estigma que su familia materna tenía desde los tiempos de la muerte sacrílega de Cilón.
(Heródoto cuenta que, antes de dar a luz, su madre soñó que alumbraba un león...) Se sabe que, de joven, aprendió del musicólogo
Damón, probablemente alguien con buena base matemática y filosófica; en su madurez, floreciente la sofística en Atenas,
fue asiduo de Zenón y Anaxágoras, del que aprendió a afrontar el infortunio y a despreciar las supersticiones populares.
En el 472 asumió la liturgia corégica de la trilogía Los Persas de Esquilo. Debió de ser seguidor de Efialtes, pero no hay datos sobre su vida hasta
el 463, en que fue oponente sin éxito de Cimón, hijo de Milcíades, cabeza del tradicionalismo y hombre del momento por su talento político-militar.
La acusación de Pericles se refería al escaso interés de Cimón por ganar tierras en Macedonia, lo que implica, quizá, una opción expansionista.
Se supone que, en los años inmediatos, apoyó a Efialtes para aumentar el poder de la Asamblea, el Consejo y la Heliea, en el pago a los jurados
(cuya fecha exacta no se conoce) y en la política de distanciamiento de Esparta (al contrario que Cimón). Asesinado Efialtes (461) no fue aún
Pericles su sucesor. Durante tres lustros, por el estado de guerra casi permanente con otros griegos desde el 459 (Egina, Esparta, Beocia,
Trecén, Acaya), los éxitos militares fueron de gran relevancia política y de Pericles sólo consta su participación en una expedición de la flota
contra los aqueos (454), que venció en aguas del Golfo de Corinto, pero que no alcanzó todos sus objetivos.
Parece que intentó un acercamiento a Cimón, ostracizado y amnistiado (452?) ante la nueva guerra contra Persia, que parecía a muchos objetivo
mejor que luchar contra griegos, pero tampoco hay constancia cierta de fechas y detalles.
En el 451-450 hizo aprobar una ley que excluía de la ciudadanía a quienes no fuesen atenienses por parte de padre y madre.
Cimón no era de madre ateniense; pero se ignora si la ley era retroactiva. Los matrimonios mixtos eran frecuentes en la clase alta, menos prejuiciada
por el concepto de ciudadanía que por el de la alcurnia, por lo que la norma pudo dirigirse a satisfacer a las clases bajas, temerosas de la competencia
de los metecos.
Es difícil establecerlo con seguridad. La posteridad elogió el valor que con ello había dado incluso a las atenienses más pobres esta especie de dote jurídica,
que las hacía más estimables que cualquier extranjera si el marido deseaba tener hijos atenienses. O el beneficio mayoritario que suponía restringir
las subvenciones y emolumentos que, en grado creciente, el Estado pagaba a los ciudadanos por el ejercicio de funciones públicas exclusivamente
reservadas a los atenienses.
Pero no hay indicio ninguno para pensar en una política xenófoba o antimeteca, pues eran muchos los inmigrantes que servían en la flota, trabajaban
en las obras públicas y comerciaban activamente, solamente excluidos de la vida política y de la propiedad de bienes raíces (tierra y edificios).
Muerto Cimón (después del 451, en su última campaña contra Persia, en aguas de Chipre), Atenas pactó una tregua con el Gran Rey, en términos
satisfactorios.
Ello permitió dedicar esfuerzos notables a la restauración de la ciudad, muy dañada por Jerjes en el 480, y a la exhibición de su grandeza.
Casi al mismo tiempo se firmó una Tregua de Cinco Años con los beligerantes griegos: ése fue el primer gran momento de Pericles.
Atenas controlaba por completo, incluso con conocidos excesos (como los castigos a Naxos, 470, y a Tasos, 465), la Liga de Delos
creada en 478-477 y había transferido el tesoro aliado a la Acrópolis (454), bajo control directo de los atenienses.
La paz con Persia, en principio, debía suponer la suspensión del tributo federal. Pericles reunió a los aliados y a otros Estados griegos para promover
contribuciones que reconstruyesen los templos dañados por los persas, ofrecerles sacrificios de gratitud y mantener la libertad de navegación
mediante la presencia disuasoria de la flota federal (ateniense en aplastante mayoría).
Esparta declinó colaborar, pero no la mayoría de los restantes convocados. La restauración más brillante fue, naturalmente, la de la Acrópolis
incendiada por el Gran Rey, empezando por el Partenón, iniciado en el 447 (con las famosas imagen y frisos de Fidias), el templo de la Victoria
y los Propíleos (que no eran ningún templo), iniciados en el 437, en un conjunto de tamaño y riqueza insólitos en Grecia.
Un pariente de Cimón, Tucídides hijo de Melesias (no el historiador) se opuso a lo que llamó abusos extravagantes, pero Pericles defendió el derecho
de Atenas a usar como prefiriese el dinero que la Liga pagaba para estar defendida si Atenas, en efecto, era capaz de defenderla: Tucídides fue
ostracizado en el 443 y Pericles no encontró ya oposición relevante. El prodigioso programa urbano recibió el realce de unas cada vez más brillantes
Fiestas Panateneas y, en un aspecto simbólico igualmente influyente en el prestigio de Atenas, fueron realzados los antiguos misterios de Eleusis,
dedicados a Demeter y que, políticamente, significaba que el secreto de la vida vegetal y cereal era una revelación particular de la divinidad a los
atenienses. (Las Panateneas, como las Dionisias de primavera (mes elafebolio), se celebraban anualmente -en julio-agosto, mes hecatombeo-.
Pero, cada cuatro años, en el tercero de cada olimpiada, se convertían en un gran festival religioso panhelénico, las Grandes Panateneas, que
llenaban la ciudad de helenos de todo el ecúmene griego y que culminaban en el 28 día con la entrega por las eragstinas del gran peplo a la virgen
Atenea en su templo nuevo, tras una larga y rica procesión).
Para controlar de cerca eventuales descontentos de los aliados, creó una red de asentamientos coloniales que implantaron a grupos de atenienses
(clerucos: consignatarios de lotes) en tierra extranjera y descongestionaron el Ática de su falta de suelo útil para su creciente demografía.
También se conquistaron tierras bárbaras para ese fin, como las del Quersoneso tracio (la actual Gallípolis), en una expedición que supuso
un éxito extraordinario para Pericles. Beocia, sobre cuyo conjunto Atenas ejercía un fuerte control desde el bienio 458-456, en el que había,
incluso, superado el apoyo espartano a los beocios, planteó un serio problema. Un pequeño contingente ateniense fue vencido en Coronea
(447-446) y los beocios se alzaron, lo cual estimuló a las ciudades de Eubea y a Mégara, deseosas igualmente de emancipación.
Que Mégara, por su especial situación, era una polis estratégica lo demuestra que Esparta, que desde hacía doce años no intervenía en la Grecia
central, enviase un ejército a la frontera ática, de cuya presencia se derivó una especie de pacto de status quo a cambio de que Atenas limitase
su expansión a los caminos de la mar, al modo en que se había hecho en el Quersoneso tracio: no mucho después (443), en efecto,
Pericles fundaría Turios en Italia, en las cercanías de la ciudad de Síbaris, antaño arrasada por su rival, Crotona; y en fecha inconcretable,
envió una gran flota para mantener el control de las rutas del grano desde el Quersoneso de la Táuride (Crimea, Ucrania) y aseguró el
control sobre Bizancio (440) y el uso de la moneda ateniense como obligatoria en la Liga. Con la situación despejada en el S., aun a
costa de la autonomía megarense, Pericles se concentró en Eubea, redujo a los rebeldes y suscribió una Paz de Treinta Años con los lacedemonios.
Éstos sabían que podían, en la nueva situación, llegar hasta el Ática misma sin problemas especiales. El temor de Pericles ante tal eventualidad,
no obstante el tratado de paz, le llevó a construir la tercera gran muralla ateniense que, en bastante medida, podía hacer que el conjunto de
Atenas y sus puertos funcionase casi insularmente.
Pericles fue reelegido año tras año como estratego, por su experiencia, capacidad y honradez personal, muy manifiesta: pospuso sus intereses
personales, en todo momento, a los de Atenas. Su autoridad y prestigio eran tales que, según Tucídides, Atenas era una democracia pero estaba
dirigida por su primer ciudadano. La Asamblea, siempre recelosa de los magistrados, confió grandemente en Pericles.
Casó, ya cerca de los treinta años, con una mujer rica y de alcurnia, de la que apenas se sabe nada, que le dio dos hijos varones que murieron
antes que él; pero se separaron cordialmente a los diez años y ella volvió a casar. Cerca ya de sus cincuenta, se enamoró de una bella y
excepcional mujer, Aspasia, oriunda de Mileto, culta y liberal hasta extremos que escandalizaban en Atenas. Le dio a su hijo Pericles que,
en principio, no podía ser considerado ciudadano, aunque sí obtuvo la ciudadanía. Plutarco señala que su relación era de tal afecto que él la
besaba siempre al entrar y salir de casa; y que a su influencia se debió la lucha de Atenas contra Samos, por un conflicto que esta ciudad
mantuvo largamente con Mileto.
La campaña contra Samos, poderosa y con una buena flota, fue difícil y conoció vaivenes, pero acabó en una victoria que se convirtió
en paradigma para el futuro y, además, con evitación de la intervención espartana, polis con la que se renovó el tratado de paz, amenazada,
entre otras cosas, por la inquietud permanente de Corinto, doria y aliada de Esparta y, evidentemente, perjudicada por la pujanza de Atenas
y sus tendencias imperiales y monopolísticas sobre el Egeo y las rutas al Mar Negro. La inquietud creció tanto que Pericles promovió una
especie de economía pública prebélica, promoviendo el ahorro estatal, y sin abandonar el esfuerzo diplomático y el mantenimiento de la legalidad
formal, dentro de la cual pudo lograr una especie de bloqueo comercial a Mégara, no tanto por su importancia objetiva sino por el valor representativo
del caso, pues se trataba de castigar legal y permanentemente a quien había abandonado el área de la "arjé" ateniense y de la Liga.
Este clima de paz tensa y de conflictos en ciernes se trocó en guerra en la primavera del año 431. Un lejano problema, en el Mar Jonio, enfrentó,
a causa de la pequeña ciudad de Epidamno (la actual Durres albanesa) a la potente Corcira con su metrópoli, Corinto.
En el enfrentamiento armado, Corcira, apoyada por Atenas, venció a Corinto (434). El encadenamiento de sucesos, complejo, acabó
por poner de manifiesto, como expuso perspicazmente Tucídides, que las fuerzas realmente enfrentadas eran Esparta, hegemón de la Liga
del Peloponeso, y Atenas, cabeza de la Liga matriz de su imperio marítimo: los demás conflictos eran secundarios y manejados, más o menos
directamente y a distancia, por las dos grandes poleis. Corinto y Mégara, vecinas del Ática, dueñas del istmo y dorias, fueron respaldadas por
Esparta y la lejana y estratégica Potidea quiso emanciparse.
El ejército espartano invadió el Ática y Tebas atacó a la pequeña Platea, apoyo permanente de Atenas en Beocia. Pericles mandó evacuar el Ática,
concentrar a sus pobladores en el área amurallada de Atenas, evitar el combate por tierra y atacar por mar las tierras enemigas sin interrumpir las líneas
de suministro al Pireo desde todo el imperio marítimo. Probablemente estudiaba cómo recuperar Mégara, pero lo ignoramos.
El plan tenía su punto débil en el abandono del territorio patrio, psicológicamente difícil de sobrellevar, y en la superpoblación de la ciudad.
En el segundo verano de la guerra, se desató la peste. Pericles, que pronunció entonces su inigualable discurso por los caídos en combate,
recogido por Tucídides (II 35-46; toda persona culta debiera conocerlo), hubo de dimitir, aunque fue reelegido. Pero murió al poco, víctima de
la enfermedad, en el otoño del 429.
SÓCRATES
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«Doy
gracias a Dios -escribió Platón- por haber nacido griego
y no bárbaro, hombre y no esclavo. Pero sobre todo le agradezco
haber nacido en el siglo de Sócrates.»
Sócrates
es ante todo uno de los rarísimos casos de modestia premiada.
Premiada no por los contemporáneos, que, al contrario, le condenaron
a, muerte, sino por la posteridad, que ha reconocido la inmortalidad
de las obras que él no escribió porque fueron sus discípulos
los que se tomaron ese trabajo. Los había, en torno suyo, de
todas las edades, condiciones e ideas: desde el aristocrático
y turbulento Alcibíades hasta el noble y compuesto Platón; desde
Critias el reaccionario hasta Antístenes el socialista, y por
fin hasta Aristipo el anarquista. Cada uno de ellos vio y describió
el maestro a su manera. Y Diógenes Laercio cuenta que, cuando
leyó la semblanza que de él había escrito Platón, Sócrates exclamó
«Caramba, cuántas mentiras ha contado de mí ese jovenzuelo!»
Es creíble,
en primer lugar porque nadie -ni el mismo Sócrates, que, sin
embargo, fue el hombre que con más encarnizamiento lo intentó-
logra verse a sí mismo, o por lo menos verse como los demás
le ven; y, luego, porque cada retratista atribuye a su personaje
no sólo lo que ha dicho y ha hecho, sino también todo lo que
hubiese podido decir y hacer, en coherencia consigo mismo. Breno
no pronunció seguramente la frase: vae victis! entre otras razones
porque no sabía latín. Mas aquella frase, en su boca, queda
bien y le caracteriza. Las buenas biografías están construidas
todas con anécdotas falsas en su mayor parte. Lo importante
es que de tales frases se deduzca un carácter verdadero.
Sócrates
es el maestro del pensamiento de todos los tiempos, cualquier
otro filosofo de cualquier época es solo una nota al pie de
pagina comparado con el. Platón tomaba nota de cada palabra
que decía el maestro, puesto que Sócrates nunca escribió nada,
de otra manera nos hubiera sido imposible hoy en día saber sobre
esa mente tan privilegiada que poseía. Sócrates pensaba que
toda persona tiene conocimiento pleno de la verdad ultima contenida
dentro del alma y sólo necesita ser estimulada por reflejos
conscientes para darse cuenta de ella.
S
ócrates,
que miraba mucho dentro de sí, pero hablaba poco de ello, se
definió como un «tábano». Y lo fue, en un sentido nobilísimo,
pues con su manía de escrutar en el fondo de las almas y de
las cosas no dio paz a nadie, como se dice hoy. Su progenitor
había sido un modesto escultor, acaso poco más que un picapedrero,
por bien que después se le han atribuido, no sabemos con qué
fundamento, las tres Gracias que se elevan junto a la entrada
del Partenón. Aun cuando el hijo continuase a ratos perdidos
el oficio, volviendo de vez en cuando a modelar el mármol o
la piedra, sentíase más próximo a la madre, que había sido comadrona.
«Pues -decía medio en broma, medio en serio- también
yo ayudo a parir a los demás: no hijos, sino ideas.»
Esta
era de hecho su verdadera vocación y fue su única actividad
durante toda su vida. Nos es fácil suponer que sus progenitores
no estuvieron entusiasmados con ello. Debieron confundir la
repugnancia de aquel chico para con la escuela y el trabajo
y su inagotable pasión de dar vueltas por la plaza y las calles
escuchando lo que la gente decía, interrogándola, aguijoneándola;
con una forma de holgazanería que no prometía nada bueno. Y,
ciertamente. no era éste el mejor medio de labrarse una posición.
P
ero
el hecho es que Sócrates no se inclinaba por una posición. No
era rico. pero tampoco pobre del todo, pues a la muerte del
padre heredó de éste la casa y setenta minas, siete talentos,
que confió a su: amigo Critón para que las invirtiese. Contaba
vivir de la renta porque tenía escasas necesidades. Aristóseno
de Tarento cuenta haber oído decir a su padre, que le conoció
personalmente, que Sócrates era un ignorante borrachín cargado
de deudas y dado a los vicios. Efectivamente, la sola educación
que había cuidado había sido la militar y deportiva. Llamado
a las armas cuando la guerra del Peloponeso, se había mostrado
buen soldado, resistente, disciplinado y valeroso. En la batalla
de Potidea, fue él quien salvó la vida á Alcibíades, mas no
lo dijo para no comprometer la medalla al valor que había sido
concedida a su joven amigo. Y en Delio, contra los espartanos,
que además eran soldados no fáciles de dominar, fue el último
de los atenienses que cedió terreno. Y hasta el busto que le
representa, y que se halla en el museo de las Termas en Roma.
nos sugiere la misma impresión.
N
o
era ciertamente un tipo lindo, al menos en el sentido griego
de la palabra. La gruesa y larga nariz, los labios carnosos,
la frente pesada, la mandíbula maciza nos hacen pensar en ascendencias
campesinas. Alcibíades, el descarado, le decía riendo: «No
puedes negar, Sócrates, que tu facha semeja la de un sátiro.»
«Llevas razón, y además tengo también la panza. Tendré que
ponerme a danzar para reducir sus proporciones.»
Es
muy posible que el padre de Aristóseno hubiese inducido la
gandulería
de Sócrates de su aspecto chabacano y del desaliño de su persona.
Iba siempre vestido, en invierno como en verano, con el mismo
quitón manchado y remendado. Empinaba el codo a menudo y gustosamente.
Y Jantipa, su mujer, decía que no se lavaba.
E
sta
Jantipa ha pasado luego a la posteridad como la personificación
de la esposa quejosa y murmuradora, exigente y asfixiante. Y
es natural que así sea, pues la biografía, es más, las
biografías
de Sócrates las escribieron sus amigos y discípulos que la detestaban,
y a quienes ella detestaba porque se le llevaban al marido.
Efectivamente, Sócrates no se preocupaba mucho de la familia.
No entregaba un peso porque no lo ganaba, y estaba ausente de
casa días y noches. La pobre mujer llegó a tal extremo de exasperación,
que presentó una denuncia contra él por negligencia en sus deberes
y le arrastró ante el tribunal. Sócrates, en vez de defenderse
a sí mismo, la defendió a ella. Y no sólo delante de los jueces,
sino también delante de sus indignados discípulos. Dijo que,
como esposa, tenía perfecta razón, y que era una buena mujer,
que hubiera merecido un marido mejor que él. Pero, una vez absuelto,
reanudó sus hábitos extradomésticos y no siempre inocentes del
todo. Pues no se limitaba a frecuentar el salón intelectual
de Aspasia, sino también la casa de Teodata, que era la más
célebre prostituta de Atenas. Todos le apreciaban porque siempre
estaba de buen humor, no se ofendía por nada, y decía las cosas
más abstrusas con las palabras más sencillas. Tenderos y comerciantes
le saludaban familiarmente cuando pasaba por la calle, seguido
por el cortejo de sus discípulos. Se paraba ante los escaparates
y decía, maravillado: «¡Fíjate cuántas cosas necesita hoy
día la Humanidad!» Hasta en las casas más empingorotadas
donde le invitaban a comer, estaban habituados a sus pies descalzos,
pues entre las cosas que él no necesitaba figuraban también
los zapatos.
No
se sabe qué escuelas había frecuentado: tal vez ninguna. Y si
se llegase a descubrir que ni siquiera aprendió a leer, uno
no debiera asombrarse. Puesto que, siendo de naturaleza sedentaria,
no había siquiera viajado, y su cultura debió de ser exclusivamente
el fruto de meditaciones y de conversaciones con los intelectuales
de su tiempo. Platón ha descrito sus encuentros con Hipias,
con Parménides, con Protágoras y con muchos otros filósofos
de aquella época. Probablemente no tuvieron jamás lugar. Parece
ser que, personalmente. Sócrates solamente conoció a Zenón,
en cuya dialéctica se apoyó algo. En cuanto a Anaxágoras, que
con seguridad le influyó, tuvo contactos indirectos con él a
través de Arquelao de Mileto, que fue discípulo de Anaxágoras
y maestro de Sócrates.
P
or
lo demás, el método que Sócrates siguió excluye la consulta de
libros. El se había propuesto dos problemas fundamentales que
ninguna biblioteca ayuda a resolver: ¿Qué es el bien? ¿Y cuál
es el régimen político más adecuado para alcanzarlo? La fascinación
de su enseñanza consistía en esto: que, en vez de subir a la
cátedra para comunicar a los demás sus ideas, declaraba no tenerlas
y rogaba a todos que le ayudasen a buscarlas. «Yo -decía-
me considero el más sabio de los hombres porque sé que no sé
nada.» Y de esta premisa, que era a la par modesta e inmodesta,
partía todos los días a la conquista de alguna verdad, haciendo
preguntas en vez de dar respuestas. Escuchaba pacientemente
las de sus alumnos y luego comenzaba a poner objeciones: «Tú,
Critón, que hablas de virtud, ¿qué entiendes por esta palabra?».
Sócrates no se cansaba nunca de exigir conceptos precisos, formulaciones
claras. «¿Qué es esto?», era su pregunta preferida, se
hablase de lo que fuere. Y cada definición la pasaba por la
criba de su ironía para mostrar su falacia o que no era adecuada.
Era propiamente un incorregible «tábano». Nacido para
sacudir todas las certidumbres de sus auditores que a menudo
montaban en cólera y se le rebelaban. «¡Por los dioses!
-gritaba Hipias-. Es muy fácil ironizar sobre las respuestas
ajenas sin dar las propias. ¡Yo me niego a decirte lo que entiendo
por justicia, si no me dices antes qué entiendes tú!» Aristófanes,
más tarde, satirizó en una comedia, "Las nubes", lo
que él llamaba «la tienda del pensamiento», donde,
según
el, se aprendía tan solo el arte de la paradoja, presentando
a un discípulo de Sócrates que pega a su padre y después sostiene
la legitimidad de su acto diciendo que lo ha realizado para
pagar la deuda contraída cuando su padre le había pegado a él.
«Deudas son deudas. Hay que devolver todo lo que se ha recibido.»
P
latón
cuenta que Sócrates resolvió, un día, invertir los papeles y
ser él quien respondiera, en vez de interrogar. Mas luego desistió,
diciendo: «Tenéis razón al acusarme de suscitar dudas en
vez de ofrecer certezas. Pero, ¿qué queréis que haga? Soy hijo
de una comadrona: habituado a hacer parir, no a procrear.».
Sobre su muerte se comenta que, en parte, el responsable fue
Aristófanes por aquella comedia satírica suya. Pareciera
difícil
porque la condena fue dictada veinticuatro años después de la
primera representación de esta comedia en publico. Sin embargo,
los motivos aducidos en el veredicto fueron los que habían inspirado
la comedia a Aristófanes. Sócrates, para inventar la Filosofía,
de la cual ha sido el verdadero padre, tuvo necesidad de afirmar
el derecho a la duda, o sea de sacudir toda clase de fe. No
creemos en absoluto que hubiese tenido como finalidad únicamente
o, sobre todo, la democracia. Se cree que también sometió la
democracia a la crítica que le era habitual. De su «tienda»
salió de todo: un idealista como Platón, un lógico como Aristóteles,
un escéptico como Euclides, un epicúreo anticipado como Arístipo,
un aventurero de la política como Alcibíades, y hasta un general
y profesor de historia como Jenofonte. Es natural que
en un laboratorio tan vasto se hubieran producido venenos contra
el régimen democrático que hizo posible su creación y su
funcionamiento.
Sócrates,
reconociendo en trance de morir que la democracia tenía razón
al darle muerte, pronunció un acto de fe democrático, en Atenas
en el 399 a.C.
FILIPO DE MACEDONIA
Cuando falleció Amistas III se produjo un duro enfrentamiento entre diversos pretendientes, imponiéndose Filipo, hermano del rey muerto.
El joven monarca había pasado algunos años en Tebas ya que cuando contaba 9 años fue llevado como rehén a la ciudad por Epaminondas.
En casa de este estadista tebano fue educado y posiblemente allí concibió la idea de hacer de su patria una potencia.
Una vez en el poder, Filipo inició una serie de reformas en el ejército -haciendo obligatorio el servicio militar- que le permitieron vencer a ilirios,
tesalios, peonios y tracios, ampliando la extensión de Macedonia.
Con esta actitud provocó la enemistad de Atenas que caracterizará su reinado. Su primera intervención en la política griega será con motivo
de la Tercera Guerra Sagrada (354 a.C.) luchando contra los focios e invadiendo la Calcidia, aunque fue detenido por los atenienses
en las Termópilas. El conflicto acabó con la firma de una paz con Atenas y el nombramiento de Filipo como arconte perpetuo en Tesalia.
La firma de un tratado con el rey persa permitió a Filipo extender su territorio al Epiro -se casó con Olimpia, hija de Neoptolemo y madre
de Alejandro y Tracia pero provocó el enfrentamiento con Atenas y Esparta, unificadas contra el enemigo común.
Tras tres años de dura lucha Filipo venció a los aliados en la Batalla de Queronea (338 a.C.) convirtiéndose en el dueño absoluto
de toda Grecia. Al año siguiente reunió a las ciudades griegas en una asamblea general en Corinto con el fin de fundar la Liga Panhelénica
bajo soberanía macedonia.
Con el apoyo de la Liga, Parmenión partió hacia Asia con el objetivo de provocar un levantamiento de las ciudades griegas contra los persas
y poner en marcha el plan más importante de Filipo: acabar con el Imperio Persa. Mientras Parmenión se dirigía a Asia, Filipo repudió a su
esposa y se casó con Cleopatra, la sobrina de uno de sus generales, naciendo un hijo de ese enlace. Alejandro y su madre se exiliaron y al año
siguiente regresaron a Pella. Durante la boda de una de sus hijas, Filipo fue asesinado por un noble llamado Pausanias.
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