Pero de todos modos estaba cerca.
Los etruscos estaban expandiéndose al Norte y al Sur,
y establecieron su dominación sobre Roma, al menos en cierta medida.
Las leyendas romanas no dicen claramente que Roma pasó
por un período en el que estuvo bajo la dominación etrusca,
pues los historiadores nunca admitían nada que fuese humillante
para la ciudad de tiempos posteriores.
Con todo, el quinto rey de Roma fue un etrusco,
como lo admite hasta la leyenda.
La leyenda trató de suavizar las cosas haciendo del quinto rey
el hijo de un refugiado griego que emigró de Etruria y se casó con una mujer
nativa, pero esto no es muy probable.
Su ciudad natal era Tarquinia, situada sobre la costa
marina de Etruria, a unos 80 kilómetros al noroeste de Roma.
Su nombre era Lucio Tarquinio Prisco.
«Lucio» era su primer nombre (Los romanos tenían muy escasos primeros nombres.
Entre los más frecuentemente usados estaban Lucio, Mario, Cayo y Tito),
«Tarquinio» era su apellido, que se lo dieron
los romanos por su lugar de nacimiento.
«Prisco» era un nombre añadido para describir
al individuo en particular.
Significa «viejo» o «primero» e indica que fue el primero de
su familia en desempeñar un papel importante en la historia romana.
Se creía que Tarquinio Prisco había llegado a Roma como inmigrante y se
había destacado en la guerra y el consejo hasta el punto de que el rey,
Anco Marcio, lo hizo regente del Reino y custodio de sus hijos.
Los hijos de Anco Marcio quizá esperasen heredar el Reino
al llegar a la edad adulta, pero los romanos estaban tan complacidos con
Tarquinio Prisco que lo eligieron rey en su lugar.
Esto parece sumamente improbable. Es mucho más probable que Tarquinio Prisco
fuese el gobernador puesto sobre Roma por los etruscos, que gobernase detr
de las bambalinas mientras Anco Marcio fue rey y que se adueñase abiertamente
del poder después de la muerte del rey, ocurrida en 616 a. C.
Bajo Tarquinio Prisco, Roma prosperó, pues la civilización y las costumbres
etruscas penetraron en la ciudad.
El construyó el Circo Máximo, gran recinto ovalado donde
se realizaban carreras de carros ante espectadores sentados en numerosas
gradas de asientos.
También introdujo los juegos atléticos, según la costumbre etrusca.
Más tarde, éstos se convirtieron en combates entre hombres
armados que eran llamados gladiadores, por la espada («gladius») con que luchaban.
Luego, también, Tarquinio introdujo costumbres religiosas etruscas y comenzó
a construir un grán templo a Júpiter en el Monte Capitolino.
El templo, que también hizo las veces de fortaleza de la
ciudad, fue llamado el Capitolio, de la palabra latina que significa «cabeza».
En el valle situado entre las dos colinas más antiguas de Roma,
el Palatino y el Monte Capitolino, estaba el foro («mercado»),
espacio abierto donde la gente se reunía para comerciar y realizar acciones públicas.
Para hacer utilizable el foro, Tarquinio Prisco hizo construir una cloaca
para drenar las zonas pantanosas del valle.
Más tarde se la llamó la Cloaca Máxima.
Roma, ni siquiera en sus más grandes períodos,
no llegó nunca a elaborar una ciencia y una matemática puras,
como habían hecho los griegos; sin embargo, los romanos siempre
se sintieron orgullosos de sus grandes obras de ingeniería y sus
obras prácticas de arquitectura.
Esas primeras cloacas y edificios iniciaron esa tradición.
En la historia romana posterior, toda ciudad tenía su foro,
y Roma misma tuvo varios.
Pero ese primer foro situado entre el Palatino y
el Capitolio era el Foro Romano por excelencia, donde se reunía y
debatía el Senado Romano.
Tarquinio fue victorioso en las guerras contra las tribus vecinas
e introdujo la costumbre etrusca del triunfo.
El general victorioso entraba en la ciudad con gran pompa,
precedido por funcionarios del gobierno y seguido por su ejército y
los prisioneros capturados.
La procesión se desplazaba por calles decoradas
y entre hileras de espectadores que lo ovacionaban hasta el Capitolio.
En el Capitolio se realizaban servicios religiosos,
y el día terminaba con una gran fiesta.
El triunfo era el mayor honor que Roma podía otorgar
a sus generales.
Para obtenerlo, un general tenía que ser un alto funcionario,
debía haber luchado contra un enemigo extranjero y obtenido una completa victoria
que extendiese el territorio romano.
En 578 a. C., Tarquinio Prisco fue asesinado por hombres pagados
por los hijos del viejo rey, Anco Marcio.
Pero un yerno de Tarquinio Prisco
actuó rápidamente y ocupó el trono.
Los hijos de Anco Marcio se vieron obligados a huir.
El nuevo gobernante era Servio Tulio, el sexto rey de Roma.
Tal vez fuese también un etrusco, y detrás de la historia
del asesinato de Tarquinio Prisco quizá hubiese un intento de rebelión
de los latinos nativos contra el señorío etrusco. Si fue así, la rebelión fracasó.
Si Servio Tulio fue un etrusco, demostró ser devoto de Roma, y bajo
su gobierno ésta siguió floreciendo.
La ciudad se expandió sobre una sexta y una séptima colina,
el Esqullino y el Viminal, al noreste.
Servio Tulio construyó una muralla alrededor de las siete
colinas (la Muralla Serviana), que señaló los «límites urbanos» de Roma
para los quinientos años siguientes, aunque la población de la ciudad con
el tiempo se extendió más allá de las murallas en todas las direcciones.
Servio Tulio también hizo una alianza con las otras ciudades del
Lacio y formó una nueva Liga Latina, dominada por Roma.
Las ciudades etruscas situadas al norte deben
de haber contemplado esto con recelo y seguramente se preguntaron
hasta qué punto podían confiar en el nuevo rey.
Servio Tulio también trató de debilitar el poder de las familias
dominantes de la ciudad otorgando algunos privilegios políticos
a los plebeyos.
Esto encolerizó a los patricios, por supuesto, y
conspiraron contra Servio Tulio, quizá con ayuda etrusca.
En 534 a. C., Servio Tulio fue asesinado.
El alma de la conspiración fue un hijo del viejo rey
Tarquinio Prisco.
Este hijo se había casado con la hija de Servio Tulio,
y cuando éste fue muerto se proclamó el séptimo rey de Roma.
Este séptimo rey fue Lucio Tarquino el Soberbio, el tercero -si contamos
a Servio Tulio- de los gobernantes etruscos de Roma.
Los etruscos estaban ahora en la cúspide de su poder.
Prácticamente toda Italia Central estaba bajo su dominio.
Su flota dominaba las aguas situadas al oeste de Italia.
E hicieron sentir su poder cuando colonos griegos
trataron de establecerse en las islas de Cerdeña y Córcega.
Por el 540 a. C. se libró una batalla naval frente
a la colonia griega de Alalia, situada sobre la costa centro este
de Córcega.
Los griegos fueron derrotados y tuvieron que abandonar
ambas islas.
Cerdeña, la más meridional de ellas, fue ocupada
por los cartagineses, mientras Córcega, ubicada a 100 kilómetros
al oeste de la costa etrusca, cayó bajo el poder etrusco.
Esto quizá explique por qué el nuevo Tarquino pudo
ejercer su tiranía sobre Roma.
La leyenda pinta a Tarquino el Soberbio como un
cruel gobernante que anuló las leyes de Servio Tulio destinadas
a ayudar a los plebeyos.
Hasta trató de reducir el Senado a la impotencia
haciendo ejecutar a algunos senadores y negándose a reemplazar
a los que morían de muerte natural.
Reunió a su alrededor una guardia de corps y, al parecer, intentó
gobernar como un déspota, con su propia voluntad como única ley.
Sin embargo, prosiguió la ampliación de Roma, completando
los grandes proyectos edilicios que había iniciado su padre.
Hay una famosa historia sobre Tarquino el Soberbio que se relaciona con una
sibila o hechicera.
Las sibilas eran sacerdotisas de Apolo que habitualmente
vivían en cavernas y de las que se suponía que estaban dotadas de facultades
proféticas.
Los autores antiguos hablan de muchas de ellas, pero
la más famosa era una que habitaba en las cercanías de Cumas
(una ciudad griega que estaba cerca de la moderna Nápoles), por lo cual era
llamada la sibila cumana.
Se creía que Eneas la había consultado en busca de consejo
en el curso de sus peregrinaciones.
Se decía que la sibila cumana tenía a su cargo los Libros Sibilinos,
nueve volúmenes de profecías supuestamente hechas en diferentes épocas
por diversas sibilas.
La sibila se presentó ante Tarquino el Soberbio y le ofreció
venderle los nueve volúmenes por trescientas piezas de oro.
Tarquino rechazó precio tan exorbitante, tras lo cual
la sibila quemó tres de los libros y pidió trescientas piezas de oro
por los seis restantes.
Nuevamente Tarquino rechazó la oferta y nuevamente
la sibila quemó tres de los libros y pidió trescientas piezas
de oro por los tres últimos.
Esta vez Tarquino pagó lo que se le pedía, pues no se atrevió a permitir
la destrucción de las profecías finales.
Los Libros Sibilinos fueron en adelante amorosamente
cuidados por los romanos.
Se los conservó en el Capitolio, y en tiempos de grandes
crisis eran consultados por los sacerdotes para aprender los ritos
apropiados con los cuales calmar a los dioses encolerizados.
La arrogancia de Tarquino el Soberbio y la soberbia aún mayor de su hijo
Tarquino Sexto terminaron por convertir en enemigos suyos
a todos los hombres poderosos de Roma, quienes esperaron hoscamente
la oportunidad para rebelarse.
Esa oportunidad se presentó en mitad de una guerra.
Tarquino el Soberbio había abandonado la pacífica Política
de Servio Tulio de alianza con las otras ciudades latinas.
Por el contrario, obligó a someterse a las más cercanas
e hizo la guerra a los volscos, tribu que habitaba la región sudoriental del Lacio.
Mientras seguía la guerra, el hijo de Tarquino (según la leyenda) ultrajó brutalmente
a la esposa de un primo, Tarquino Colatino.
Esto fue el colmo. Cuando se difundieron por la ciudad
las noticias de lo ocurrido, inmediatamente estalló una rebelión bajo el
liderato de Colatino y un patricio llamado Lucio Junio Bruto.
Bruto tenía buenas razones para ser enemigo de los Tarquinos, pues éstos
habían dado muerte a su padre y a su hermano mayor.
En verdad, según la leyenda, el mismo Bruto habría sido
ejecutado de no haber fingido ser un débil mental y por ende inocuo.
(«Brutus» significa «estúpido», y se le dio este nombre
por su exitosa actuación.)
En el momento en que Tarquino pudo volver a Roma, era demasiado tarde.
Le cerraron las puertas de la ciudad y tuvo que marcharse al exilio.
Fue el séptimo y último rey de Roma.
Nunca en su larga historia Roma volvería a tener un rey;
al menos nunca volvería a tener un gobernante que osase llevar este título particular.
Tarquino fue exiliado en el 509 a. C. (244 A. U. C.); así, Roma había
estado dos siglos y medio bajo sus siete reyes.
Llegamos a un largo período de cinco siglos,
durante los cuales la República Romana lograría sobrevivir, primero,
y llegaría a ser una gran potencia, luego.
Extractado del libro "La República Romana", de Isaac Asimov.

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